Esta mañana salí sin plan, que es precisamente el mejor plan para un domingo. La ciudad tiene una cara distinta cuando no corres hacia ningún destino específico: los edificios parecen más altos, las aceras más anchas, y hasta los semáforos se toman su tiempo con menos urgencia.
En la Plaza de San Miguel, un vendedor de flores me convenció de comprar un ramo de margaritas. "Para tu novia", insistió. "Para mi mesa", le corregí, pero él solo guiñó un ojo como si compartiera un secreto conmigo. Me gusta pensar que vende más flores con esa complicidad inventada que con cualquier descuento.
Caminé por calles que creía conocer y descubrí una librería de segunda mano escondida entre una panadería y una tintorería. ¿Cómo es posible que haya pasado por aquí cien veces sin verla? El olor a papel viejo y café recién hecho se mezclaba en la puerta. Entré y perdí cuarenta minutos entre estantes desordenados, lo cual es exactamente el tipo de pérdida que vale la pena.