Esta mañana salí sin rumbo fijo, lo cual siempre es un error calculado en mi caso. Terminé en el mercado de San Telmo a las diez, cuando los vendedores aún están acomodando sus puestos y el olor a café recién hecho se mezcla con el de empanadas fritas. Había un señor discutiendo con su propio carrito de frutas porque una rueda se negaba a girar. "Ya te dije que necesitas aceite", le decía, como si el carrito pudiera responderle.
Me detuve en un puesto de libros usados, porque nunca aprendo. Siempre digo que no voy a comprar más, y siempre termino con algo bajo el brazo. Esta vez fue una guía de Buenos Aires de 1987, con mapas que ya no coinciden con la realidad y recomendaciones de restaurantes que probablemente sean ahora locutorios o dietéticas. Me gusta pensar en todas las personas que usaron este libro, caminando por calles que yo conozco pero que ellos veían con otros ojos.
Caminé por Defensa hasta la Plaza de Mayo, esquivando turistas que se detenían cada tres metros para fotografiar balcones.