La abertura del Part I del Köln Concert — Keith Jarrett, ECM, 1975 — no avisa de lo que va a ocurrir. Hay un ostinato en la mano izquierda, casi una queja, y sobre él Jarrett construye lo que parece una melodía provisional, como si estuviera buscando la pieza dentro de la pieza. Lo escuché ayer tarde, pasadas las seis, con los auriculares abiertos que dejan entrar el ruido del patio, y eso tuvo consecuencias: la acústica del Gürzenich de Colonia — con sus reflejos cálidos, ligeramente empañados — se mezclaba con las palomas del vecino. No estoy seguro de si eso lo empeoró.
El disco tiene una historia de producción que ya forma parte del mito: el piano de concierto llegó equivocado, demasiado pequeño, con el registro grave casi inutilizable. Jarrett estuvo a punto de cancelar. Se diría que esa restricción — la imposibilidad de explorar ciertos graves con plenitud — es precisamente lo que empuja la improvisación hacia el registro medio y agudo, donde el instrumento sí respondía. No es una limitación enmascarada: se nota, pero se integra.
Lo que la obra intenta es, creo, mantener el tiempo elástico sin perder al oyente. Jarrett no improvisa en el vacío: hay estructuras de góspel, de ragtime, de balada modal, que funcionan como señales de orientación. Lo que consigue, al menos en el Part I, es una tensión sostenida de casi veintisiete minutos que no aburre. Lo que se le escapa — para mi oído — es el Part IIb, que cae en un lirismo demasiado cómodo, como si la improvisación hubiera decidido descansar antes que el oyente.