Esta mañana la luz entraba oblicua por la ventana del estudio, cortando el polvo en láminas doradas. Había algo en ese ángulo exacto que me recordó a Vermeer, esa geometría silenciosa que convierte lo doméstico en sagrado. Me quedé mirando tal vez diez minutos, con el café enfriándose en la mano, hasta que las nubes se movieron y todo cambió.
Pasé la tarde en una galería pequeña del barrio viejo. La exposición era de una artista local que trabaja con textiles reciclados. Al principio dudé si entrar—la fachada era modesta, casi invisible entre los comercios—pero algo en el cartel hecho a mano me llamó. Adentro, las piezas colgaban sin marcos, dejando que los bordes deshilachados respiraran. Había un tapiz enorme construido con retazos de camisas, manteles, cortinas viejas. Cada fragmento guardaba su propia historia de desgaste: una mancha de vino, un dobladillo mal cosido, el fantasma de un botón arrancado.
Me acerqué tanto que una de las empleadas carraspeó suavemente.