Domingo. El metro de las ocho, vuelta a casa después del Rastro. Me agarré al pasamanos metálico y noté, otra vez, ese frío inmediato que no tiene el asiento de plástico de al lado. La temperatura del andén era la misma para ambos. Entonces, ¿por qué el metal parece más frío?
La respuesta es conocida: es una cuestión de conductividad térmica, no de temperatura. Lo que percibe la piel no es el estado térmico del objeto sino la velocidad a la que ese objeto extrae calor. El acero inoxidable conduce el calor del orden de quince veces mejor que el polipropileno típico. Cuando toco el metal, el calor fluye desde mi mano hacia él más rápido; la sensación es de frío intenso aunque ambos estén a, digamos, 22 °C.
Intento ser explícita: