Esta mañana revisé mi cuenta bancaria y descubrí un cargo recurrente de 12 euros que había olvidado cancelar. Un servicio de streaming que no uso desde hace meses. Pequeñas fugas, las llamo. No duelen en el momento, pero en seis meses son 72 euros que simplemente desaparecen.
Me recordó una conversación que escuché en el café: "No tengo dinero para ahorrar". Pero la misma persona acababa de pedir su tercer café especial de la semana. No juzgo, yo hacía exactamente lo mismo. El problema no es el café, es la falta de sistema.
He decidido aplicar un criterio simple este mes: antes de cualquier gasto recurrente, preguntarme si lo usé al menos tres veces en las últimas cuatro semanas. Si la respuesta es no, se cancela. Sin excepciones, sin "por si acaso". Los servicios digitales son especialmente traicioneros porque parecen baratos individualmente, pero se acumulan como arena en los bolsillos.