Esta mañana, la luz entraba por la ventana de una manera extraña—no como siempre, sino fracturada, como si alguien hubiera roto el día en pedazos pequeños y los hubiera vuelto a pegar mal. Me quedé mirándola un rato, buscando la razón. Tal vez eran las nubes, o tal vez era yo.
Intenté escribir el final de un relato que llevo semanas evitando. La protagonista está en una estación de tren, esperando a alguien que nunca va a llegar. Lo sé desde el principio, pero ella todavía no. Cada vez que me acerco a ese momento—cuando por fin comprende—me detengo. Borro frases. Abro otra ventana. Hago café que no necesito. Reviso mensajes que ya leí.
Hoy decidí que ella no necesita comprenderlo todo. Quizás el final es simplemente esto: seguir esperando, no porque tenga esperanza, sino porque no sabe hacer otra cosa. Escribí tres líneas y las dejé respirando en la página.