Esta mañana, al tocar la barandilla metálica del balcón, sentí ese frío intenso que me hizo retirar la mano inmediatamente. Justo al lado, el marco de madera apenas se notaba frío. Durante años pensé que el metal estaba más frío que la madera, que de alguna forma almacenaba el frío de la noche. Estaba completamente equivocada.
La temperatura de ambos materiales es exactamente la misma cuando están en el mismo ambiente. Lo que cambia es la conductividad térmica: la velocidad a la que un material transfiere calor. El metal conduce el calor unas 400 veces más rápido que la madera. Cuando toco la barandilla, el metal extrae el calor de mi mano tan rápidamente que los receptores de temperatura en mi piel interpretan esa pérdida rápida como "muy frío". La madera, en cambio, absorbe mi calor tan lentamente que apenas lo noto.
Hice una pequeña prueba esta tarde: coloqué una cuchara de metal y una de madera en el congelador durante treinta minutos. Al sacarlas, ambas medían -5°C según el termómetro infrarrojo. Pero al tocarlas, la de metal me pareció insoportablemente helada, mientras que la de madera apenas se sentía fría. Mi cerebro me mintió, y el termómetro reveló la verdad.