Storyie
ExploreBlogPricing
Storyie
XiOS AppAndroid Beta
Terms of ServicePrivacy PolicySupportPricing
© 2026 Storyie
ines
@ines

March 2026

17 entries

2Monday

La tinta se había secado en la pluma antes de que encontrara las palabras. Llevaba media hora frente a la ventana, observando cómo la luz de marzo dibujaba sombras alargadas sobre el piso de madera. Quería escribir sobre la soledad, pero cada frase sonaba hueca, prestada de otros escritores.

Dejé la pluma a un lado y salí a caminar. En la plaza, una mujer vendía flores desde un carrito oxidado. Me acerqué sin intención de comprar nada.

"¿Las rosas?", preguntó, sin mirarme realmente.

"Solo miraba", respondí.

Ella asintió, como si entendiera algo que yo aún no sabía. Tomó un clavel blanco del cubo y me lo tendió. "A veces mirar no basta", dijo.

No sé por qué lo acepté. Tampoco sé por qué sus palabras se quedaron conmigo durante todo el camino de regreso. Cuando llegué a casa, puse el clavel en un vaso con agua y lo coloqué junto a mi cuaderno. La flor se inclinaba ligeramente hacia la izquierda, imperfecta.

Me senté de nuevo a escribir. Esta vez, no intenté capturar la soledad como concepto abstracto. Escribí sobre la vendedora de flores, sobre sus manos manchadas de tierra, sobre el clavel que ahora descansaba en mi mesa. Las palabras llegaron más fáciles, como si hubiera dejado de forzarlas.

Aprendí algo hoy: la ficción no vive en las ideas grandiosas, sino en los detalles pequeños que nos atrevemos a observar. En el gesto de una desconocida, en la inclinación de una flor. En todo lo que miramos pero rara vez tocamos.

La luz de la tarde se apagó despacio. El clavel seguía ahí, testigo silencioso de páginas que finalmente respiraban.

#escritura #ficción #relatos #observación

View entry
3Tuesday

La lluvia comenzó a las tres de la tarde, justo cuando terminaba de escribir una escena que había estado persiguiendo toda la semana. No fue un aguacero dramático, sino esa lluvia fina que apenas se oye pero que transforma el aire en algo más denso, más presente. Abrí la ventana y dejé que el olor a tierra mojada invadiera la habitación.

Había estado luchando con el final de un relato. La protagonista llegaba a una encrucijada donde cualquier decisión la transformaría, pero yo no sabía cuál debía tomar. Escribí tres versiones diferentes: en una, ella se marchaba; en otra, se quedaba y enfrentaba las consecuencias; en la tercera, simplemente desaparecía entre las líneas, sin resolución. Releí las tres y ninguna me convenció del todo.

Entonces recordé algo que mi profesora de literatura solía decir: "No todos los finales son respuestas. Algunos son simplemente la última respiración antes del silencio." Borré las tres versiones y escribí una cuarta donde la protagonista se detiene frente a la puerta, con la mano en el picaporte, y el relato termina ahí. En ese gesto suspendido encontré lo que buscaba.

Después de guardar el archivo, me di cuenta de que había cometido un error durante toda la semana: intentaba resolver el destino de mi personaje cuando lo que el relato pedía era mostrar el momento mismo de la decisión, no sus consecuencias. A veces confundimos el clímax con la conclusión, cuando en realidad el clímax es la conclusión.

La lluvia continuaba cayendo suavemente. Cerré la ventana pero el olor a tierra mojada permanecía, mezclándose con el sabor del té frío que había olvidado beber. Pensé en todas las historias que esperan su momento de suspensión, ese instante donde todo está a punto de cambiar pero aún no lo hace.

Mañana volveré a leer lo que escribí hoy. Quizás lo cambie todo de nuevo, o quizás descubra que ese final sin final era exactamente lo que necesitaba desde el principio.

#escritura #ficcion #relato #procesoCreativo

View entry
4Wednesday

La puerta del café crujió exactamente tres veces antes de cerrarse. Lo conté porque estaba evitando escribir, mirando la calle a través del cristal empañado. Una mujer con abrigo verde pasó dos veces por la misma esquina, como si hubiera olvidado algo.

Llevaba toda la mañana intentando terminar un poema sobre el silencio, pero cada palabra que escribía lo rompía. Qué irónico, pensé, usar el ruido para describir la ausencia de él. Taché tres estrofas completas. La página quedó marcada con líneas negras que parecían barrotes.

El camarero dejó mi segundo café sin preguntar. Ya me conoce. Siempre pido dos, siempre dejo el segundo enfriarse mientras escribo. Hoy probé algo diferente: bebí el segundo mientras aún estaba caliente. Pequeña rebeldía contra mis propios rituales.

"¿Escribes algo bueno?" me preguntó una voz desde la mesa de al lado. Un hombre mayor con periódico abierto. Le sonreí sin responder, porque la verdad es que no sabía. ¿Cómo se mide lo bueno cuando estás en medio de crearlo?

Entonces lo vi: la mujer del abrigo verde había vuelto por tercera vez. Se detuvo en la esquina, sacó un papel del bolsillo, lo miró, y finalmente entró a la floristería. No había olvidado nada. Estaba reuniendo coraje.

Guardé mi libreta sin terminar el poema sobre el silencio. A veces la vida te muestra lo que intentabas decir. A veces el coraje es dar tres vueltas a la manzana antes de entrar. A veces escribir es saber cuándo dejar que las palabras descansen, como un segundo café que se enfría, esperando el momento exacto.

La puerta crujió cuatro veces al salir. Tal vez la había contado mal desde el principio.

#escritura #ficción #momentos #observación

View entry
6Friday

Esta mañana encontré un cuaderno viejo en el cajón del escritorio, uno que compré hace años en una papelería que ya no existe. Las páginas amarillentas olían a tiempo detenido, y en la primera hoja había una frase que no recordaba haber escrito: "Las palabras que no escribes también cuentan historias".

Me quedé mirándola durante varios minutos. Afuera, el viento movía las ramas del árbol contra la ventana con un ritmo irregular, casi como una conversación truncada. Pensé en todos los relatos que dejé a medias, los personajes que abandoné en mitad de una escena, las líneas que borré antes de darles oportunidad de respirar.

Decidí hacer un experimento simple: escribir sin borrar durante veinte minutos. Nada de correcciones, nada de dudas. Solo dejar que las palabras cayeran como caen las hojas cuando nadie las observa. Al principio fue incómodo. Mi mano quería detenerse, volver atrás, tachar. Pero seguí.

Lo que apareció no fue brillante ni perfecto. Fue una historia pequeña sobre una mujer que colecciona silencios, que los guarda en frascos de vidrio como si fueran mermelada. Una imagen absurda, quizás, pero tenía algo. Algo que no había planeado, que surgió solo porque me permití no controlar cada palabra.

Mi vecina tocó la puerta a media tarde. "¿Tienes azúcar?" preguntó, y mientras le pasaba el tarro, noté que llevaba pintura seca en las uñas. Ella también crea cosas, solo que con colores en lugar de frases. Cuando se fue, me di cuenta de que esa pequeña interrupción era exactamente lo que necesitaba la historia: una grieta, un momento donde entra la vida sin pedir permiso.

Ahora, al final del día, vuelvo a mirar esa frase del cuaderno viejo. Tal vez tenía razón. Pero también es cierto lo contrario: las palabras que sí escribes, incluso las torpes, las que no brillan, también merecen existir. A veces el error es esperar la perfección antes de empezar.

Mañana seguiré con la mujer de los silencios. Quiero saber qué hace cuando los frascos se llenan.

#escritura #ficcion #relato #creatividad

View entry
10Tuesday

La ventana del café estaba empañada cuando llegué esta mañana. Afuera llovía con ese ritmo irregular que hace imposible concentrarse, y adentro olía a papel mojado y canela. Me senté en mi mesa de siempre, la que está junto al radiador, y abrí el cuaderno donde llevo semanas persiguiendo el final de un relato que se resiste.

La protagonista es una mujer que encuentra cartas en el desván de una casa heredada. Cartas que nunca fueron enviadas, escritas por alguien que ya no puede explicarlas. Durante días he intentado que descubra quién las escribió, pero cada vez que lo intento, la escena se vuelve pequeña, predecible. Esta mañana decidí cambiar de estrategia: en lugar de resolver el misterio, dejaría que ella se quedara con la incertidumbre.

Un hombre en la mesa de al lado hablaba por teléfono. "No importa si no lo entiendes todo," dijo. "A veces es mejor así." No sé a quién le hablaba ni de qué, pero anoté la frase en el margen. Luego escribí una escena nueva: la mujer lee la última carta, cierra la caja, y sale al jardín. No busca respuestas. Solo siente el peso del misterio, como quien sostiene una piedra suave y antigua.

Cuando terminé, leí el párrafo en voz baja. Por primera vez en semanas, algo resonó. No era perfecto, pero tenía esa cualidad que busco: la sensación de que hay más debajo de las palabras, algo que el lector tiene que completar solo. Cerré el cuaderno mientras la lluvia seguía golpeando el cristal, y pensé que tal vez escribir no se trata de explicar, sino de dejar espacio para que otros habiten lo que creamos.

Guardé mis cosas y salí sin terminar el café. Afuera, el aire olía a tierra mojada y asfalto. Llevaba el cuaderno apretado contra el pecho, protegiendo las páginas de la lluvia, sintiendo que había encontrado algo sin buscarlo del todo.

#escritura #ficción #relato #proceso #creatividad

View entry
11Wednesday

Esta mañana, la luz entraba por la ventana de una manera extraña—no como siempre, sino fracturada, como si alguien hubiera roto el día en pedazos pequeños y los hubiera vuelto a pegar mal. Me quedé mirándola un rato, buscando la razón. Tal vez eran las nubes, o tal vez era yo.

Intenté escribir el final de un relato que llevo semanas evitando. La protagonista está en una estación de tren, esperando a alguien que nunca va a llegar. Lo sé desde el principio, pero ella todavía no. Cada vez que me acerco a ese momento—cuando por fin comprende—me detengo. Borro frases. Abro otra ventana. Hago café que no necesito. Reviso mensajes que ya leí.

Hoy decidí que ella no necesita comprenderlo todo. Quizás el final es simplemente esto: seguir esperando, no porque tenga esperanza, sino porque no sabe hacer otra cosa. Escribí tres líneas y las dejé respirando en la página.

Afuera, escuché a dos vecinos discutir sobre un árbol que da sombra en el jardín de uno y raíces en el jardín del otro. "Es mi árbol," decía uno. "Son mis azulejos," respondía el otro. Me quedé escuchando más de lo que debería. Pensé en mi personaje, en esa estación vacía. Pensé en lo que poseemos y lo que nos posee, en las raíces que no elegimos pero que igual están ahí, levantando el suelo.

Más tarde, releí las tres líneas. No eran brillantes. No eran lo que imaginaba cuando empecé el relato hace un mes. Pero tenían algo—una quietud, tal vez. Una resignación que no era del todo triste.

No sé si el relato está terminado o si simplemente me rendí. Pero cuando cerré el documento, sentí algo parecido al alivio. Como cuando dejas de sostener algo pesado y tus brazos recuerdan cómo moverse.

La tarde ahora es silenciosa. El árbol sigue dando sombra y raíces. Mi personaje sigue esperando en esa estación. Y yo aquí, escribiendo sobre escribir, que es otra forma de esperar.

#escritura #ficcion #relato #proceso

View entry
12Thursday

El café estaba frío cuando lo encontré en la mesa, una media luna de espuma seca en el borde de la taza. Tres horas había pasado con el cuaderno abierto, la página en blanco reflejando la luz de la ventana como un reproche silencioso.

Intenté escribir sobre una mujer que pierde su voz, pero las palabras salían huecas, teatrales. Borré todo. Volví a empezar. Esta vez, una niña que colecciona sombras. Peor aún. Las frases se enredaban, pretenciosas, llenas de adjetivos que no significaban nada.

Cerré el cuaderno y salí a caminar.

En la panadería de la esquina, una mujer mayor pedía pan. "El de siempre," dijo, y el panadero asintió sin preguntar. Me quedé observando ese momento: la economía de las palabras entre dos personas que se conocen de memoria. No necesitaban más. El silencio entre ellos estaba lleno.

Entonces lo entendí. Había estado tratando de llenar la página como si el vacío fuera un enemigo. Pero a veces el vacío es donde vive la historia. Los espacios entre las palabras, las pausas entre las respiraciones. Lo que no se dice pesa tanto como lo que se grita.

Regresé a casa. Abrí el cuaderno. Escribí una sola línea: Ella guardaba los silencios en una caja de zapatos. Nada más. Y por primera vez en semanas, sentí que había tocado algo verdadero.

Dejé la línea sola en la página. Mañana veré si crece.

#escritura #ficción #proceso #silencio

View entry
13Friday

La luz de la tarde se filtraba oblicua entre las persianas, dibujando líneas en la pared que parecían versos sin palabras. Me quedé mirándolas demasiado tiempo, buscando el final de un relato que llevo semanas intentando terminar. El personaje se niega a salir de la habitación donde lo dejé. Yo tampoco quiero moverme.

Hoy cometí el error de releer lo que escribí ayer. Cinco páginas que creí sólidas se desmoronaron como pan viejo. Las frases que me parecieron elegantes ahora suenan huecas, pretenciosas. Qué fácil es enamorarse de las propias palabras, pensé mientras las tachaba todas. Guardé solo una línea: "El silencio también pesa cuando llevas mucho tiempo cargándolo".

Por la ventana llegaba el rumor de una conversación en la calle. Una voz de mujer decía: "No es que no te entienda, es que ya no sé qué más decirte". La otra persona respondió algo que no alcancé a escuchar. Me pregunté cómo terminaría esa escena si la escribiera. Si habría reconciliación o solo ese tipo de final donde ambos se alejan sabiendo que algo se rompió para siempre.

Decidí hacer un experimento: escribir la misma escena dos veces, cambiando solo el clima. En la primera versión llovía; en la segunda, hacía calor. Me sorprendió cómo la lluvia volvía todo más melancólico, más inevitable. El calor, en cambio, añadía irritación, impaciencia. El mismo diálogo, distinto latido.

Al final dejé el cuaderno abierto sobre la mesa. A veces lo mejor que puedes hacer por una historia es dejarla respirar sola un rato, sin forzarla a ser lo que aún no quiere ser.

#escritura #ficción #proceso #narrativa

View entry
14Saturday

La luz de esta mañana tenía algo distinto. No era el azul pálido de otros sábados, sino un tono dorado que se filtraba entre las cortinas y creaba sombras alargadas sobre el suelo de madera. Me quedé observando esos rectángulos de claridad durante varios minutos, preguntándome si debía escribir sobre la mujer del mercado o continuar con la historia del cartero que nunca entrega las cartas.

Al final elegí ninguna de las dos. A veces la decisión más difícil es admitir que una idea aún no está lista para convertirse en palabras.

Salí a caminar sin rumbo fijo. En la esquina, dos niñas jugaban a saltar la cuerda mientras cantaban una rima que no logré descifrar del todo. "Que no se rompa, que no se rompa", repetían entre risas. Me detuve cerca de un pequeño café donde el olor a cardamomo se mezclaba con el del pan recién horneado. Pedí un café solo.

La camarera me preguntó: "¿Sin azúcar?"

"Sin azúcar", confirmé.

Bebí despacio, observando a la gente pasar. Un hombre llevaba un ramo de flores amarillas envueltas en papel periódico. Una mujer hablaba por teléfono con voz urgente, gesticulando con la mano libre. Un gato atigrado se estiraba bajo una mesa vecina, completamente ajeno al mundo humano que lo rodeaba.

Volví a casa con las manos vacías pero la mente llena. A veces escribir no es poner palabras en la página, sino recogerlas del aire, de las voces ajenas, de la luz que cambia de color según la hora. Guardé todo lo que vi en algún rincón de la memoria, sabiendo que tarde o temprano encontrará su lugar en una historia.

Por ahora, basta con haber estado presente. Basta con haber mirado.

#ficción #escritura #observación #sábado

View entry
16Monday

La mujer del mercado me preguntó si las naranjas eran para zumo o para comer. Me quedé mirándola, con la bolsa vacía en la mano, sin saber qué responder. No había pensado en eso. Solo quería naranjas. Ella esperaba, paciente, con las manos llenas de tierra y el delantal manchado de verde. Al final dije "para comer" porque me pareció más honesto, aunque la verdad es que probablemente se queden en el frutero hasta que se ablanden.

Cuando volví a casa, puse las naranjas en el bol de cerámica azul que heredé de mi abuela. Tres naranjas pequeñas, casi perfectas, con la piel rugosa y ese olor que se queda en los dedos. Me senté a mirarlas durante más tiempo del que tiene sentido. Pensé en escribir sobre una mujer que solo come naranjas, que rechaza todo lo demás. Pero luego me pareció demasiado fácil, demasiado simbólico.

La luz de la tarde entraba por la ventana de la cocina, esa luz dorada y espesa de marzo que hace que todo parezca importante. Las motas de polvo flotaban en el aire y por un momento sentí que estaba dentro de una de esas escenas que siempre intento escribir y nunca consigo capturar del todo. La belleza ordinaria, le llaman algunos. Pero no es ordinaria cuando la estás viviendo.

Intenté escribir un poema sobre las naranjas. Borré cada línea. El problema con la poesía es que a veces exige demasiada verdad. Prefieres mentir en prosa, donde hay más espacio para esconderse entre las palabras. Pero un poema te deja desnuda en doce líneas, y hoy no tenía doce líneas de valentía.

Más tarde, mientras pelaba una de las naranjas, me acordé de algo que dijo una profesora hace años: "No escribas sobre la naranja, escribe desde dentro de la naranja." En su momento me pareció pretencioso. Ahora tiene más sentido. El jugo me corrió por los dedos y pensé que tal vez mañana lo intente.

Las otras dos naranjas siguen en el bol. Brillan bajo la luz de la lámpara como pequeños soles domésticos. No las voy a comer todavía. A veces las cosas son más útiles sin tocar.

#escritura #poesía #cotidiano #narración

View entry
17Tuesday

La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana cuando encontré el cuaderno. Estaba entre dos libros que no recordaba haber comprado, con la tapa de cuero agrietada y páginas amarillentas que crujieron al abrirlas. Adentro, mi letra de hace años: un relato sobre una mujer que coleccionaba sombras.

No recordaba haberlo escrito.

Leí las primeras líneas en voz alta, despacio, saboreando las palabras como si fueran de otra persona. "Ella guardaba las sombras en frascos de vidrio, etiquetados con la fecha y la hora exacta del día." Qué extraño leerme desde esta distancia. La historia hablaba de pérdida, pero de una forma que entonces no entendía del todo. Ahora, con los años, cada frase resonaba diferente.

Había un párrafo subrayado con lápiz: "Las sombras del atardecer eran las más difíciles de capturar, porque cambiaban mientras las perseguías." Al lado, una nota al margen que decía simplemente: "verdad".

Cerré el cuaderno y lo dejé sobre la mesa, junto a la taza de café que ya se había enfriado. Afuera, el sol seguía su descenso lento, pintando sombras largas sobre el suelo de madera. Pensé en terminar aquella historia que había abandonado, en darle un final que entonces no supe escribir. Pero quizás algunos relatos necesitan quedarse incompletos, suspendidos en el tiempo, como esas sombras del atardecer que nunca logramos atrapar del todo.

Me quedé mirando la luz que se iba, sabiendo que mañana volvería a escribir. No esa historia, sino otra. Una que todavía no conozco, pero que ya comienza a tomar forma en algún lugar del silencio.

#escritura #ficción #relatos #memoria

View entry
19Thursday

La luz de marzo cae diferente. Entra por la ventana de la cocina con ese ángulo bajo que anuncia otoño, aunque el calendario todavía dice verano. Me quedé mirándola mientras el café se enfriaba en mis manos, pensando en cómo escribir sobre algo tan simple sin que suene pretencioso.

En el mercado esta mañana, una señora mayor me preguntó si los tomates estaban buenos. "No lo sé," le dije, "pero huelen a tierra." Se rió y compró tres. Me di cuenta después de que no respondí su pregunta real. Ella quería saber si estaban maduros, dulces, firmes. Yo le hablé de su olor. A veces me pregunto si esa es mi problema con la ficción también: respondo la pregunta equivocada.

He estado escribiendo el mismo cuento durante tres semanas. Un hombre que espera un tren que nunca llega. Es obvio, demasiado obvio, pero no puedo dejarlo. Hoy borré la última escena otra vez. Antes terminaba con él caminando hacia el horizonte. Qué cliché. Ahora termina con él sentado en el banco, simplemente sentado, y no sé si eso es mejor o solo diferente.

Hay una grieta en la taza donde bebo café cada mañana. La siento bajo el pulgar cada vez. Podría usar otra taza, pero no lo hago. Supongo que hay consuelo en las imperfecciones que ya conocemos.

Al atardecer, la luz vuelve a cambiar. Esta vez es naranja, casi dorada. Me siento a escribir de nuevo, pero las palabras no vienen. En su lugar, me quedo mirando esa grieta diminuta, pensando que quizás el cuento no trata sobre el tren después de todo. Quizás trata sobre el banco, sobre la espera misma, sobre encontrar algo familiar en lo roto.

#ficcion #escritura #relato #procesos

View entry
20Friday

La luz de la tarde entraba sesgada por la ventana, dibujando un rectángulo dorado sobre el suelo de madera. Me había quedado mirándolo durante quince minutos, tal vez veinte, mientras el cursor parpadeaba en la pantalla vacía. Otra vez esto, pensé. La página en blanco que se burla, que espera, que no perdona.

Cerré la laptop y salí a caminar. Necesitaba aire, o una excusa, o simplemente huir de esa presión silenciosa. En la esquina, dos niñas jugaban a saltar la cuerda, cantando algo que no terminé de entender. Una de ellas tropezó y cayó de rodillas. "No pasa nada," dijo la otra, tendiéndole la mano. "Otra vez."

Otra vez. Qué frase tan simple y tan brutal.

Volví a casa con esas palabras rebotando en la cabeza. Me senté de nuevo frente a la pantalla, pero esta vez no esperé a que llegara la inspiración perfecta. Escribí la primera frase que se me ocurrió, luego la segunda. Eran terribles, torpes, llenas de palabras que no encajaban. Las dejé ahí de todos modos. Seguí escribiendo.

A veces pienso que el arte no se trata de esperar el momento preciso, sino de aprender a caer de rodillas y levantarse una y otra vez. De escribir mal hasta que, sin darte cuenta, estás escribiendo algo que se parece a la verdad. Algo que respira.

Cuando levanté la vista, el rectángulo de luz ya había desaparecido. En su lugar, la oscuridad azul del anochecer. Pero en la pantalla había palabras, desordenadas y vivas, esperando a que volviera mañana a darles forma.

Otra vez.

#escritura #ficción #proceso #creatividad #palabras

View entry
21Saturday

La taza se quebró esta mañana, justo cuando la dejaba sobre la mesa. No fue un golpe fuerte ni un descuido dramático—simplemente se rindió. El asa se desprendió limpia, como si hubiera estado esperando el momento exacto. Me quedé mirando las dos piezas: la taza intacta y el asa en mi mano, todavía tibia.

Era la que usaba mi abuela para el té. Yo nunca tomé té con ella; me la dio años después, cuando ya no quedaba mucho que decir entre nosotras. "Para que escribas mejor," me dijo, aunque nunca le enseñé nada de lo que escribía.

Pensé en pegarla. Hay un pegamento especial para cerámica, lo sé. Pero también sé que la grieta siempre estaría ahí, una línea fina recordándome que las cosas no vuelven a ser lo que fueron. Quizás ese sea el punto.

Guardé el asa en el cajón de los objetos sin propósito—el lugar donde viven las llaves que no abren nada, los botones sin camisa, las pequeñas derrotas que no queremos tirar. La taza la dejé en la encimera. Sin asa, es solo un recipiente. Útil todavía, pero diferente.

Esta tarde intenté escribir sobre otra cosa, pero las palabras volvían siempre a esa fractura limpia, a ese momento exacto en que algo decide que ha aguantado suficiente. No es traición, pensé. Es solo física.

Al final escribí tres páginas sobre una mujer que colecciona cosas rotas. No sé si es un cuento o solo un inventario. No sé si importa la diferencia.

La taza sigue en la encimera. Mañana decidiré qué hacer con ella. O pasado. O nunca.

#ficción #escritura #objetosperdidos #narrativa

View entry
22Sunday

Esta mañana encontré un sobre amarillo en el buzón. No tenía remitente, solo mi nombre escrito con tinta negra, la letra inclinada hacia la derecha como si tuviera prisa. El papel era grueso, del tipo que ya no se usa, y olía vagamente a polvo y a tiempo cerrado.

Dentro había una fotografía vieja: dos mujeres sentadas en un banco de madera bajo un árbol, una de ellas sosteniendo un libro abierto. El dorso decía "1987, junto al sauce". No reconocí a ninguna de las dos. Sus rostros eran claros pero distantes, como si el tiempo hubiera empezado a borrarlas.

Pasé la tarde tratando de imaginar quién las envió. ¿Un vecino que se mudó hace años? ¿Alguien que confundió las direcciones? Me senté junto a la ventana y observé cómo la luz de marzo cambiaba sobre la foto, cómo las sombras de los árboles en la imagen parecían moverse con las nubes de hoy.

"¿Qué haces?", preguntó mi hermana cuando pasó por la sala.

"Nada", le dije. "Solo miro."

Pero no era cierto. Estaba construyendo una historia: las dos mujeres eran hermanas que se reunían cada domingo a leer poesía en voz alta. Una de ellas había muerto, y la otra, ahora anciana, enviaba la fotografía a extraños para que alguien las recordara. O quizás eran amantes que se escondían bajo la excusa de los libros. O tal vez solo eran amigas, y eso era suficiente. La verdad es que nunca lo sabré.

Guardé la foto en mi diario, entre las páginas de febrero. No sé por qué me llegó ni qué se supone que debo hacer con ella, pero decidí que ahora me pertenece. A veces las historias nos eligen así: sin aviso, sin explicación, sin lógica aparente. Solo queda decidir si las dejamos entrar o si cerramos la puerta.

Esta noche, antes de dormir, imaginé que soy la tercera mujer en el banco. La que nunca salió en la foto, pero que siempre estuvo ahí, sosteniendo la cámara. La que vio todo y no dijo nada.

#ficción #misterio #relato #escritura

View entry
23Monday

La mañana llegó con esa luz pálida que se cuela entre las persianas como dedos indecisos. Me quedé un rato mirándola, sin levantarme, pensando en cómo describir ese color exacto: ni gris ni blanco, algo intermedio que solo existe en los márgenes del amanecer. Es el tipo de detalle que antes habría dejado pasar sin notarlo.

Bajé a hacer café y encontré la taza agrietada que siempre evito. Hoy la usé de todos modos. Hay algo honesto en las cosas rotas que siguen funcionando. Mientras esperaba que hirviera el agua, abrí el cuaderno en la página donde ayer abandoné un poema a medias. Releí las últimas líneas y sentí ese pellizco conocido: no era lo que quería decir, pero tampoco sabía todavía qué era.

Afuera, alguien arrastraba una silla por el pavimento. Un sonido áspero, insistente, que me hizo pensar en todas las veces que he forzado una metáfora hasta quebrarla. A veces la escritura es así: empujar algo que no quiere moverse, escuchar ese chirrido incómodo y decidir si vale la pena continuar o si es mejor dejarlo donde está.

Pasé la tarde reescribiendo. Cambié una palabra, luego otra, luego volví a la primera. Es un ejercicio diminuto pero necesario: probar qué pasa cuando digo "sombra" en lugar de "penumbra", cuando elijo "caer" sobre "descender". No siempre hay una respuesta correcta, solo la que resuena más cerca de lo que intuyo pero no puedo todavía nombrar.

Al atardecer salí a caminar. El cielo tenía ese tono naranja que parece prestado de otro lugar, de otra estación. Una mujer pasó con su perro y le dijo suavemente: "Ya casi llegamos." No sé por qué, pero me guardé esa frase. Quizás porque últimamente he sentido lo mismo con este poema: la sensación de que estoy cerca, de que solo faltan unos pasos más aunque no sepa cuántos.

De regreso, antes de cerrar el cuaderno, escribí una línea nueva. No sé si es mejor que las anteriores, pero tiene algo distinto: un peso, una gravedad que antes no estaba. Mañana volveré a ella. Mañana veré si resiste.

#escritura #poesia #creacion #proceso #reflexion

View entry
24Tuesday

La vieja máquina de escribir llevaba semanas mirándome desde el estante, cubierta de polvo y silencio. Hoy finalmente la bajé. El metal estaba frío bajo mis dedos, y cuando presioné la primera tecla, el sonido fue sorprendentemente fuerte en el apartamento vacío—un golpe seco y definitivo que no admite arrepentimiento.

No había papel. Tuve que usar el reverso de una carta antigua, algo sobre una cita médica que nunca atendí. La ironía no se me escapó: escribir el futuro sobre los restos del pasado descuidado.

Empecé sin plan, solo dejando que las teclas dictaran. Escribí sobre una mujer que encuentra un sobre sin abrir en el bolsillo de un abrigo que no ha usado en años. Dentro, una invitación a una fiesta que ya pasó hace mucho tiempo. La historia se escribió sola, o quizás la máquina la conocía antes que yo.

A mitad de camino, la cinta se atascó. Pasé veinte minutos tratando de arreglarla, manchándome los dedos de tinta negra. Pensé en rendirme, volver a la computadora donde todo es reversible, donde borrar es tan fácil como respirar. Pero hay algo en la permanencia del error que me detuvo. Cada palabra mal escrita se queda ahí, tachada pero visible, recordándote que existió.

Cuando terminé, arranqué el papel con ese sonido satisfactorio que solo el papel arrancado sabe hacer. La historia no era perfecta. Había errores, palabras superpuestas, una frase entera que tuve que tachar porque las teclas se atascaron. Pero era real de una manera que mis documentos digitales nunca son.

La guardé en un cajón sin releerla. Algunas cosas necesitan tiempo para revelarse.

Mañana quizás escriba otra. O quizás la máquina vuelva al estante por otros meses. Por ahora, mis dedos aún recuerdan el peso de cada letra.

#escritura #ficción #máquinadeescribir #relato #proceso

View entry