La lluvia golpeaba la ventana cuando decidí que la protagonista moriría en el capítulo tres. No era crueldad—era necesidad narrativa. Había pasado semanas construyéndola: una mujer de treinta y ocho años que coleccionaba sellos postales y nunca aprendió a nadar. Pero la historia la exigía ausente, no presente. A veces el vacío que deja un personaje dice más que todas sus palabras.
Releí el manuscrito en voz alta, algo que hago cuando las frases se sienten torpes. "Ella caminaba hacia el muelle" sonaba plano, predecible. Lo cambié: "Sus pasos hacia el muelle eran los de alguien que ya había decidido." Mejor. La diferencia entre mostrar y sugerir es delgada como papel de fumar, pero cuando aciertas, la frase respira.
Mi vecina del cuarto piso tocó a la puerta a media tarde. "¿Tienes azúcar?" No tenía. Le ofrecí miel en su lugar, y durante cinco minutos hablamos sobre cómo la miel cristalizada no está arruinada, solo transformada. Me preguntó en qué trabajaba. "Escribo historias," le dije. "¿Felices?" preguntó. "A veces," respondí, aunque era mentira. Mis historias rara vez son felices—son verdaderas, o aspiran a serlo, que no es lo mismo.