Esta mañana me desperté con una pregunta flotando en la mente: ¿cuántos pensamientos dejamos ir sin siquiera notarlos? Me quedé quieta unos minutos, escuchando el sonido del agua al hervir para el café. Ese silbido suave, casi musical, me recordó que la vida está llena de pequeñas melodías que ignoramos por costumbre.
Mientras desayunaba, intenté un experimento sencillo: contar cuántas veces mi mente saltaba de un pensamiento a otro en cinco minutos. Perdí la cuenta antes del minuto tres. Qué curioso, pensé, paso el día creyendo que controlo mi atención, pero mi mente es como un pájaro inquieto que no para de saltar de rama en rama.
Más tarde, en una conversación breve con una vecina, ella me dijo algo que me quedó dando vueltas: "A veces pienso demasiado y no siento nada". No supe qué responder en ese momento, pero ahora me pregunto si no es cierto que el exceso de análisis puede alejarnos de la experiencia directa. ¿Cuántas veces hemos observado una puesta de sol mientras pensamos en la lista de pendientes?