Esta mañana salí a caminar sin rumbo fijo por el barrio de Chueca, algo que últimamente hago cuando necesito despejar la mente. El aire todavía tenía ese frescor de marzo que te hace dudar entre llevar chaqueta o no. Yo, por supuesto, elegí mal.
Me detuve en una cafetería pequeña que nunca había notado, escondida entre una tienda de antigüedades y un estanco. La barista, con un delantal lleno de manchas de café que parecían un mapa abstracto, me preguntó: "¿Lo de siempre?" Tuve que confesarle que era mi primera vez. Se rio y me recomendó un cortado. Tenía razón, estaba perfecto.
Mientras bebía, observé cómo la luz de la mañana rebotaba en los adoquines mojados de la calle. Alguien había regado las plantas de su balcón con demasiado entusiasmo y el agua caía en gotitas irregulares, creando un ritmo extraño contra el murmullo de la ciudad despertando. Un señor con un perro diminuto pasó tres veces frente a la misma farola, esperando pacientemente a que su mascota decidiera qué olor merecía más atención.