La lavandera automática de la calle Necochea cerraba a medianoche. Eran las once y cuarto cuando Graciela metió la ropa en la máquina del fondo y se sentó en el banco de plástico naranja a esperar.
La llave estaba en el suelo, entre dos baldosas rotas. Era pequeña, de esas que abren cajones o cajas de metal, con un trozo de cordón azul desatado que alguien había anudado con cuidado alguna vez. Graciela la miró sin recogerla. Esperó que alguien volviera por ella. Una mujer mayor entró, puso monedas en la máquina de enfrente, no levantó los ojos del suelo. Un chico con capucha pasó a buscar su bolsa y salió sin detenerse.
Nadie volvió por la llave.